domingo, 5 de abril de 2020

Minas

Fotografía: Sebastião Salgado.

Los hombres, cuando tocan el oro, ya no vuelven.
Porque el oro no es
una salpicadura de cobre
una alabanza indiscreta
el ego trunco de los fusiles.

El oro no es
el ojo muerto de un niño
la máquina que recoge los cadáveres
una mosca, sobre otra mosca, sobre otra mosca.

El oro no es
doscientas cincuenta mil personas que desaparecen en la selva
el fotógrafo que enfermó del alma
la tierra desahuciada,
                                  estruendo de polvo turbio.

El oro no es
la retirada del glaciar
el hueso que se quiebra
el fuego negro de la refinería
el terrible animal;
el hombre.

El oro no es la indignación sobre el oro.

El oro es
la vista subterrestre de un brote
la diáfana luz de la niebla
la camisa de malla de la iguana
una mujer sentada en un banquito.

El oro es
el olor de la libreta
la onda de agua que disturba el cuerpo
la paciencia labrada del campesino
el hombre que se arrastra en la arena.

El oro es
del campamento dislocado, del dolor,
hacer una selva peregrina
y en un recuerdo líquido,
salpicada en el semblante, ya de tierra
esperar el regreso del afluente
donde escupe el guijarro su amuleto.

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