lunes, 9 de diciembre de 2019

Privilegio


Foto: Jerónimo Emiliano, 2019.
En el portal de mi casa
hay dos punks
en el ritual del veneno.
El uno, cuatro dientes de menos
el otro, herida sobre la cara
la juventud que negocia
por un plato de sopa caliente.

Inmunes al cierzo,
llevan un cartel
que evita la plata
y prefiere un momento
de tu tiempo
para hablar de los viejos que no quieren
ser viejos
con tal de pregonar
un soul de los pétalos partidos.

El punk joven
me pide un cigarro de marihuana
y, como no llevo,
me dice que escuche un momento
por qué la luz es un privilegio
en las fisuras de las paredes:

La luz se pliega, tartamuda,
A habitar el tiempo del hielo;
la vi conquistar la sombra
y preñarla de confeti
no contenta con su burdo gobierno
sobre las costumbres de la hora.

El punk
está feliz
de verme vacilar
con su expansión resplandeciente
y la peste de su cuerpo vagabundo.

Pero yo sé con él que
la luz es un privilegio del líder,
embaucadora de la eficiencia,
del mentón alto de las fieras
y del mito del civismo.

La inercia de la pendiente
empuja hacia lo negro
al refugio, tras la columna, en el subterráneo
un antiguo puente bajo tierra
que pernocta en la vejez del escribano.

Pero la oscuridad está herida
de un perdigón en el ojo;
debe la letra de su alumbramiento;
ha visto sobrevolar un drone
y lo derriba de negro, adusta
en la branquia muerta
de los peces brillantes.

¡Escucha!, el punk grita:
La luz es un privilegio del canalla

Subí al departamento
con la pena de no conocer
el nombre de las iglesias oscuras,
pero convencido, al fin, de la máxima:

La luz escribe
en los muros
un corte de sal;
la guerra primera.

El punk
ya no se puede ver
desde mi ventana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario