miércoles, 25 de septiembre de 2019

Derrumbe


 De Cuauhnáhuac-chilango blues, inédito.

1999. Interior, habitación mal iluminada. El suelo acumula una capa pegajosa de polvo. Sus pies se adhieren como ventosas a la placa de concreto. Afuera, una alberca enverdecida, apesta. Esparcidas sobre la loza hay pequeñas virutas de madera, como minúsculos balines; residuos de madera apolillada que desaparecen entre las grietas y en los huecos del sofá, se pegan a las manchas de grasa de la pared, entran en un hueco genérico del cemento y ahí duermen para siempre, ajenas del desastroso ronroneo del plan divino.

El Androide está desparramado en el sillón. Como una rana, sus manos se restriegan sobre la capa superior de mugre. Piensa, tal vez, en un hueco turbio de moscas o en la raíz de un árbol viejo que siente el reflejo de su antiguo tronco.

Siente un golpe ligero de carne; un movimiento distraído, una criminal indiferencia que finge ser una depresión sagrada. Es, en realidad, un ciempiés que ha caído sobre su pecho. Su organismo cyborg despierta con una inyección de adrenalina; el ciempiés va al suelo en una sacudida. El Androide, descalzo, blande un pesado cenicero de madera y aplasta al animal. El exoesqueleto de la criatura cruje, pero resiste el primer ataque. Algunas de sus patas articuladas colapsan inevitablemente, el canal nervioso que permite el movimiento de la zona trasera transmite ahora una confusa información, su prehistórico sistema nervioso pierde control del segmento, que se sacude  hacia los lados. Con un segundo ataque, la cabeza del quilópodo truena sin romperse. El ciempiés pierde la vista, la alarma se vuelve un dolor absoluto. Pinchazos de electricidad recorren su cuerpo y lo hacen correr; intenta trepar en la pared y la mancha de un líquido blanco, pero las ventosas de sus patas rotas fallan y dos veces cae al suelo. El Androide, preso de ira, una vez más hiere al animal, esta vez con menos oposición de la coraza. El ciempiés chilla; desaparece de su cuerpo toda dimensión; secreta sustancias negras, vinagre y el odio cristalizado en sus entrañas. El Androide, aterrado por el grito vampírico, lo aplasta frenéticamente hasta que el bicho se vuelve una masa sin sentido de membranas, corazas y líquido. Una última pulsada de movimiento altera el pesado silencio de la habitación; el reflejo de la muerte. El Androide huye con una mezcla de asco y excitación. Ha transgredido la primera ley: conoce el placer de matar.

En la habitación vacía, nadie escucha la caída casi imperceptible de una viruta de madera apolillada. Es el anuncio de un derrumbe inaplazable.

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