Pez

Durante la noche, los peces se retiran en un áspero sueño, enredados en la luz talismán de las algas. Ellos no saben que sus cuerpos féti...


Durante la noche, los peces se retiran en un áspero sueño, enredados en la luz talismán de las algas. Ellos no saben que sus cuerpos fétidos más tarde alimentarán la bujía de un jet. Ellos, en realidad, no saben nada. Frente al estanque nos miran dislocados por los reflejos de la superficie; huyen por la visión de una enorme bacteria, doblada en un reflejo de luz sin sentido. Arriba, la bacteria corroe su hígado en el violento trueque de los extremos, se rinde con la pereza de un traficante de fortunas. El pez, desde luego, es ajeno a su angustia; ocupa su constitución de molusco en deslizarse entre las ramas, aceita las escamas crueles con la grasa de su lama, rompe la tensión del agua con la velocidad primigenia de la evolución. La bacteria se ahoga en su propia porquería, recula en el intento de dominar el aire. El pez observa su torpeza con la ternura de los milagros, carga su edad prehistórica sobre el cuerpo invisible, ríe sobre el mito de la multiplicación. Ahí donde la bacteria trafica con su crisis, el pez figura su trazo acuático en las líneas transparentes de su molécula. Abusaba, la bacteria, de la parábola: inventaba aforismos sobre la pesca y la debilidad del hombre por el trabajo, tejía mantos espectaculares para suplir el río con su propia imagen, la película del promocional se duplicaba en el estanque, corroía el agua el óxido de su andamio. Justo ahí, donde el ahogado suplica su bautismo inconsciente, donde ruega que el agua lave su espalda quebrada, donde indica un sereno retorno al lugar de partida, el estanque se vuelve un socavón oscuro, alerta con su ruido el agotamiento de la era, traga las rocas de los sepulcros, niega la ceremonia de los recuerdos, endosa la promesa glauca de las plantas acuáticas a un pagaré neutro como una oficina de gobierno, diáfano como las ingles secas de una empleada bancaria; la bacteria se descubre sellando con certeza un certificado de abundancia. Mientras, el pez ha aguardado con el aire vuelto arena en sus branquias, su pardo glúteo ha sentido la demanda oceánica de la metamorfosis, su espina exige del alimento fértil de las cuevas; ha distinguido, entre la versión fractal de la superficie, un fruto gordo. La bacteria se inmola en un torbellino de púas, es tragada cuando el último cigarrillo cae al suelo arrancado de su boca por su semejante; entonces, la bacteria desaparece en el hueco absurdo del estanque. El pez todavía espera suspendido algunos siglos, roe las partículas diminutas que se aparecen en la lluvia, pero no tarda en repetir el pinchazo: el fruto se tambalea sobre el árbol y por fin cae al estanque. En ese momento, las delicadas esquinas de su ADN reciben la orden de abandonar sus puestos históricos, se instruye un severo protocolo de metamorfosis, los átomos infantiles clavan sus dagas al núcleo. Afuera, el agua recula en un gesto oceánico, y sobre la playa abandona a un millón de peces blanquecinos. Sucede, entonces, lo obvio: el pez deja su necia salpicadura, convertida para entonces en una convulsión aterradora. El color de sus escamas hace retirada en un espasmo de dolor y se instala en sus espinas crueles; éstas, a su vez, engrosan dramáticamente hasta volverse un fémur calcíneo, una tibia y un coxis. Los ojos del pez se retiran un momento y avanzan cubiertos por una membrana hasta la frente, donde brota el iris y después sorprende un párpado lampiño; las aletas integradas a un torso fetal toman su lugar en las costillas; las branquias se desprenden; la cola, reducida a la de un renacuajo, termina por incorporarse a la columna; unas patas incipientes no extrañan en su debilidad; la cabeza adquiere una proporción desmesurada y luego se incorpora a la nuca, donde al tiempo desaparecen las escamas y brota un vello transparente. El pez todavía se sacude en espasmos que escupen esperma en direcciones inconvenientes. Algunas de esas secreciones se reúnen en asamblea y forman una palma doliente, de la que brotan las falanges desprovistas de carne; esperarán un desarrollo lento hasta la uña. Cuando el cuerpo está perfectamente formado, el pez araña la arena en un desesperante ensayo muscular. Una vez conocidos sus límites −que consisten, esencialmente, en medir el alcance de sus gritos−, el pez descubre el hambre. Arroja entonces una piedra de pura ira, que va a partirse con otra no muy lejos, irrumpiendo un proceso mineral muy antiguo. El pez toma entonces uno de los guijarros filosos, hiere sus manos y conoce su sangre. Observa la hilera de carrizos que crecen en las aguas pantanosas del estanque. Troza un palo con su mano fetal, que adquiere con la práctica un digno músculo. Conoce el pez la proporción, ensaya las medidas de su arma, rompe con ella el orden cósmico de los juncos y afila la punta de su palo. Regresa, entonces, al estanque: por un momento el agua lo sorprende, escucha las voces antiguas de la hora, “Vuelve, pez”, y piensa entonces en abandonar su empresa tirana. Pero otro influjo impone en su ánimo una aridez fanfarrona: siente vergüenza, un original miedo al fracaso. Apunta, entonces, con admirable destreza al objetivo con su vara. Lanza el dardo con absoluto dominio sobre el agua. Durante la noche, los peces se retiran en un áspero sueño, enredados en la luz talismán de sus algas. El carrizo atraviesa con crueldad las capas líquidas, busca en el fondo a la criatura, su punta penetra decisiva las membranas de la carne y lo hiere de muerte, atizando la transparencia con su sangre. El pez muere antes de que la vara toque el fondo del estanque, la vara cae en lo profundo anunciando el eco en el sustrato. La bacteria recoge con orgullo la presa.

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