viernes, 19 de enero de 2018

Un nombre grabado en el metal

Roto como un encino viejo,
se confunde con los gentiles traicioneros
de poca memoria y poco atrevimiento.
Su nombre está grabado en el metal de un farol en una ciudad absurda,
desde un jardín vertical se sostiene exangüe,
en la memoria de los lirios y las bicicletas.
La puerta del zaguán
se azota con el viento;
el viejo pillo
mira por lo bajo de sus cejas peregrinas
y alcanza a oler entre las piernas de las muchachas
que huyen de sus ojos como antílopes torpes;
indignadas por las barbas y ojo tuerto.
En la diestra mano sin báculo;
ansía la carne de ternera,
el vapor silencio de la sangre
y el aliento peligroso de sus fieles asesinos.
Ya ellos, sus hombres
entonaban himnos a dioses jóvenes,
veían en el roble la cicatriz del colgado,
olvidaban las inscripciones a propósito,
porque valía mucho más su perfil inscrito
en la memoria de conventos azules
y desiertos de bits.
Y, aunque otros Arcanos suspiren al oído 
que el éxito está sobrevalorado,
Odín necesita que lo escuchen,
porque tiene la espalda rota
y las piernas se le parten en cualquier carretera, Padre de Duendes,
Aquel-que-conoce-los-secretos,
Comandante de ejércitos.
Pero este es un adoquín muerto,
esta es una nostalgia de milpas
y somos viejos troncos;
no garantizamos la nata de la leche ni el café de mañana,
no garantizamos, siquiera, el agua,
y tus ejércitos están muertos bajo el mar,
en la Piedra de Sigurd, que no voy a ver,
en una pantalla de veinte pulgadas,
en los gritos de la afición
y los ríos congelados
Pero aquí, en esta ciudad traicionera,
todas tus hijas somos putas
todas las tierras están aradas
y, extraño, 
en la arena y la cal,
Viejo Canalla,
quien te quiere también está roto
quien te escribe tiene un frío de tierra
y casi nunca pone pie en el mar.

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