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El protocolo

"La diosa del maíz" Fernando Castro. PROSA I << ¿Dónde está el rocío? Veo en la lentitud de mis pliegues la memori...

"La diosa del maíz"
Fernando Castro.

PROSA

I
<<¿Dónde está el rocío? Veo en la lentitud de mis pliegues la memoria del agua, despierto en el ¡cran, raca tiki tiic tic! de una máquina, después, en el sol. Anda, el aire anda, se cuela entre las camas de mis hermanos, ¿están llorando?, tienen sed. Conocí a cinco de ellos, somos una familia grande; la mayor me contó que, de chiquita, vivieron en un lugar pequeño, todos amontonados. Pienso que hacía falta orden, pero ella dice que así dormían, que adentro estaba calientito; seguro que así era porque las que crecieron ahí vivieron bien, sus pies crecían para alcanzar el agua y la luz. María tenía la piel oscura; a Manuel le decíamos el Yaki; Miguel era güerito; Minerva era tímida y no le gustaba que la estuviéramos viendo, pero era clarita clarita, como la estrella; Marquito tardó en abrir los ojos porque estaba muy chiquito, papá tuvo miedo de que nunca pudiera ver.
            A mi me gusta la palabra de los hombres. Como escucho, El-que-camina me puso un nombre, dijo que viene de arriba, de donde nace la frescura. No sabíamos si iba a llegar el agua; preguntamos, defendimos la lluvia, pero cada vez se tardaba más en llegar. Es que ellos ya no cantan, murmuran entre dientes, pero se les olvidó cómo cantar. Yo así paso el tiempo, canto:
            Somos uno con el universo,
            somos la danza del sol y la luna.
            Como una gota de agua
            fluyendo hacia la mar;
            Como la voz de los niños,
            como el recuerdo de lo que no está.
            Somos uno con el universo
            somos la brisa de la espuma del mar.
            Siempre, para siempre,
            siempre,
            Siempre, para siempre,
            siempre.

Canto porque se me olvida el peligro.

II
Conocí al Hombre cuando mamá se fue. Caminaba con pasos lentos, firme como el aire que baja del cerro. Al principio pensé que no sabía ver, luego entendí que miraba con las manos y con los pies, no con los ojos grises que tienen otros hombres, no con las manos sin tacto, los pasos sin raíz; el Hombre andaba y sabía que era tierra lo que tenía bajo sus pies.
            Lo conocí en el abrazo líquido de la lluvia, en la poesía, en el amor y en el cuerpo. La costumbre no tiene que volverse cotidiana. Era feliz de verlo, lo quería. Él me tomaba con sus manos fuertes, como si sostuviera una flor en un cucurucho, me hacía sentir una mujer, cuidaba de mí con la delicadeza de un jardinero pero la fuerza de un constructor, su guía me hacía sentirme bella.
La primera vez, sin ceremonias, me dio mi nombre: Azur. Entonces entendí que los colores tienen nombre y que él sabía llamar a las cosas como siempre fueron, si quería hacerlo.
            —Azur, Azur… —dijo mientras exploraba mis líneas.
            —Eres del color de las piedras sagradas, en ti canta el Pájaro.

III
Aprendí su lengua, conocí su mística. Él dijo que nosotros éramos su carne y que sus pieles eran distintas entre sí porque les dábamos un poco de color para respirar y para alimentarse. Yo pienso que, en realidad, todo viene del agua, donde están todos los colores pero ninguno se ve.


IV
Los gritos son espantosos desde que se dejó de escuchar la lluvia en el canal. Muchos quisieron alcanzar la otra orilla, pero murieron de sed porque había que cruzar el desierto; algunos extendieron sus plantas hasta el otro lado del Gran Río, pero el agua que ahí bebieron era venenosa, quemaba su piel y sofocaba su aliento. El aire se llenó de esquirlas, los cerros entristecieron, el Hombre no venía con el primer sol, como antes, y cuando lo hacía se veía inquieto, sus manos trozaban las ramas con torpeza, vigilaba ansiosamente dónde ponía el pié. Yo quería tocarlo, enjuagar su dolor y volverlo risa, pero algo me enfermaba, también, y prefería el silencio, me ocupaba en cicatrizar mis propias heridas.
            Estuvo mal que dejase de venir, dolió. Me estaba secando, extrañaba su voz. Gritaba lo más fuerte que podía pero una membrana de piel muerta me silenciaba, sentía salir el grito pero se moría en cuanto el aire pasaba por mis cavidades; me sacudía con fuerza sin que mi cuerpo respondiera, como si mis extremidades fuesen hilos. Nos estábamos secando. Quise cantar al temporal, pero el cielo respondió que es al hombre a quien se le dio ese encargo.

V
No llegaron de noche. Era día y todos estaban mirando desde el camino, preguntaban: ¿Quién vendió la tierra?, ¿dónde está el comunero? ¡Llámenlo! ¡Qué le llamen! Los Espectros blancos pisotearon los zurcos, deshicieron los brotes sobrevivientes, decapitaron a Miguel, trozaron por la  mitad a Minerva, le introdujeron sus miembros de hule y nunca la volví a sentir. Al Yaki, por indio, le arrancaron la cara, lo echaron al camino y ahí se lo comieron los perros. De los otros, no supe nada, cuando pregunté, nadie vio; la gente, cuando no quiere decir, habla con silencio de funcionario. La prensa se limitó a decir que tres jóvenes fueron encontrados con huellas de tortura en la carretera. Me gustaría pensar que cerré los ojos, que me desmayé, que los abrí cuando ya había pasado todo, que lloraba en la celda donde una rata comía del plato sucio y yo pensaba que todo había sido un sueño. Pero no, el protocolo no era un montaje. Estaba perfectamente alerta, sin tallo ni pulpa, respiraba el aire químico de la compresora, del recipiente al vacío. En el laboratorio, los Espectros, —sin luz, con voz de pinza—, deshicieron mis granos, disecaron mi corazón y me inyectaron líquidos que des… ent… tr… kl… iiii. No grité, pensé que eso era lo que querían. No grité cuando vi mis granos esparcidos en charolas frías; ellos me hicieron verlo, no grité. Terminó, a lo mejor, pero mi cuerpo nunca fue el mismo: me crecieron esferas, no volví a ver al insecto sobre mis tallos, murió la libélula que bebía de las flores. De mis semillas crecieron mazorcas sin diferencia, de rápido engorde y de rápida muerte. La milpa no crecía en mi círculo, la calabaza me huía por la peste, el frijol moría en su cuna de fibra. Mis ojos ya no servían o el cielo se había vuelto amarillo, la tierra sabía a cobre.
            Un día pude cantar, pero me había vuelto experta en marchas fúnebres:
                        Triste vida la del carretero
                        que anda por esos cañaverales;
                        sabiendo que su vida es un destierro
                        ¿se alegra con sus cantares?

Después, me sumergí en un silencio agudo.

VI

VII
Creo que vi al Hombre. Reconocí un color detrás de la malla y la máscara. Él se detuvo, con la pistola-escupe-veneno, pero siguió y nadie le obligaba. Pensé que él era el Carretero, pero no; el Carretero pasaba a ciento sesenta kilómetros por hora en una carroza negra.

VIII
Quizá a esto se refiere el grito. Una letra sobre un papel, un banderín verde y la prolongación aguda del sonido, del enjambre muerto. Soy la fosa. Uno a otro sacaron los cuerpos, los formaron en vertical como mercancía para los fotógrafos. Se instruyó la sed de muerte. Nadie se acuerda que tuve nombre, soy una cifra pero no al que buscaban. Ellos dicen “lástima que no es él”, pero tuve ganas de ser algo y por eso ahora soy fosa, se acabó el olor a tierra que atraía la conciencia.

IX
No hay aire; el mareo me trepa, enfermizo; un sabor a plástico y la luz, la luz blanca artificial que imita, prepotente, al sol. Sentí unas manos que me levantaban, un cerebro que calculaba mi precio y el
beep
beep
de una máquina registradora. Cuando vi, dentro del plástico de la bolsa, un sello que me calificaba, entendí:

Contenido energético:

Energía………………………………..640 kj. (153 kcal)
Proteína……………………………….2 g.
Carbohidrato…………………………18,8 g.
Fibra………………………….2 g.
Azúcar………………………..0 g.
Grasa………………………………….7,8 g.
Grasa Saturada……………..3,2 g.
Grasa Trans…………………15 g.
Grasa Polinisaturada……...1,4 g.
Grasa Mononisaturada……3,2 g.
Colesterol…………………………….0 mg.
Sodio………………………………….57 mg
Potasio ……………………………0 mg

De alguna semilla, un brote, entre la carne pútrida de un dios que mastica a su hijo. De algún supermercado, un producto.

                        Yo quiero que a mí me entierren
                        como a mis antepasados;
                        Yo quiero que a mí me entierren
                        como a mis antepasados;
                        en el vientre oscuro y fresco
                        de una vasija de barro,
                        que miren y no chistén:
                        arcilla, vaso de barro,
                        que miren y no chistén
                        arcilla, vaso de barro.
                                                           En el vientre oscuro y fresco
                                                           de una vasija de barro.

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